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Mientras escuchaba un conocido programa de radio, una oyente llamó para señalar que actualmente vivimos en la «era del cobarde». Ahora bien, ¿qué es exactamente un «cobarde»? El “American Heritage® Dictionary of the English Language: Fourth Edition” lo define así: «Jerga: una persona considerada débil o tímida y, especialmente, poco viril». Un «cobarde» es un pusilánime; un hombre tímido e ineficaz.
La oyente citó varios ejemplos de hombres, tanto en su propia familia como en su círculo de amigos, que simplemente no logran ejercer su rol de liderazgo en sus hogares, en sus carreras profesionales y en el ámbito laboral. Señaló que la abdicación de su legítimo lugar como líderes y ejemplos de valores rectos genera una enorme cantidad de estrés, conflictos e infelicidad, tanto para ellos como para sus familias. Su argumento era que los hombres de nuestro tiempo deberían dar un paso al frente y cumplir con su rol por el bien de todos. Sus comentarios tenían sentido y poseían ese aguijón de verdad que duele.
Las feministas podrían discrepar de esto con vehemencia, sosteniendo que no existe diferencia alguna entre los roles de hombres y mujeres en la sociedad moderna. Es evidente que hoy en día vemos a mujeres desempeñando diversos roles que resultaban impensables hace apenas una generación. Ahora tenemos mujeres en combate, mujeres patrullando las calles como policías, mujeres en el cuerpo de bomberos y mujeres incursionando en otros ámbitos tradicionalmente masculinos. Y, si bien son capaces de desempeñarse en dichos roles, los resultados, en demasiados casos, no se traducen en una sensación de plenitud ni en una felicidad genuina en aquellas áreas de la vida que verdaderamente importan.
La oyente lamentó que, con demasiada frecuencia, los hombres trabajen largas jornadas para luego cargar también con el peso de las tareas domésticas o del hogar, labores que habitualmente recaen sobre la ama de casa. Sin embargo, dado que la mujer, su contraparte, también trabaja y, por ende, no está disponible, o simplemente no está dispuesta, a realizar las tareas necesarias para el buen funcionamiento del hogar, el resultado es fricción, conflicto y agotamiento; una situación que dista mucho de generar tranquilidad doméstica.
La Santa Biblia ofrece instrucciones precisas sobre los roles de hombres y mujeres; instrucciones que, de ser seguidas, propician ese tipo de vida familiar feliz que la mayoría de las personas anhelan de verdad. El apóstol Pablo instruyó a Tito que las mujeres mayores «enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada» (Tito 2:3–5). En su carta a los Colosenses, Pablo ofreció instrucciones igualmente sabias para la vida familiar: «Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten» (Colosenses 3:18–21). (Lea nuestro folleto: El plan de Dios para un matrimonio feliz)
Este no era un concepto nuevo en la época de Pablo. Las palabras inspiradas de Josué, quien guio al pueblo de Israel tras la muerte de Moisés, nos ofrecen hoy un ejemplo maravilloso. En una época de agitación e incertidumbre, Josué se mantuvo firme como líder al declarar: «Y si mal os parece servir al Eterno, escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos al Eterno» (Josué 24:15).
Sí, se requiere valor para que hombres y mujeres cumplan los roles que Dios les ha asignado; pero con la ayuda de Dios, y siguiendo sus claras instrucciones, podemos evitar quedar atrapados en «la era del cobarde». En su lugar, podemos actuar como lo hizo Josué y guiar a nuestras familias con valentía y determinación, trazando el rumbo de nuestras vidas mediante estos principios bíblicos inspirados y que han sido probados a través del tiempo.