Una "clave" del crecimiento espiritual

Díganos lo que piensa de este artículo

En la vida de hoy, tan apresurada, confusa y llena de distracciones, a menudo no encontramos tiempo—o no hacemos tiempo—para pensar en lo que es realmente importante. Quizá, en ocasión del sepelio de algún ser querido, nos hayamos detenido a pensar cuán repentinamente podrían terminar los afanes y las carreras de la vida nuestra también.


Quizá hayamos meditado silenciosamente en las cuestiones reales de la vida: ¿Por qué estamos aquí en la tierra? ¿Cuál es el verdadero propósito de nuestra existencia? ¿Cómo podemos cumplir aquel gran propósito?

La mayoría de nosotros comprendemos que nos hace falta estar más seguros de nuestra relación con el Creador y que necesitamos acercarnos a Él. La mayoría de las personas sienten, en términos generales, que desearían cumplir la voluntad divina. Lo piensan brevemente… hasta que suena el teléfono o hasta que empieza su programa de televisión preferido, o… hasta que cualquier otra cosa les hace postergar su oportunidad de acercarse a Dios.

Permítanme dar a conocer una "clave" muy importante que me ha ayudado durante mis 54 años en el ministerio de Jesucristo. Son muchas las dificultades, muchos los altibajos que he tenido en la vida. He sentido profunda decepción ante la conducta de algunos de mis hijos adolescentes y de otros jóvenes también. Me han herido las ofensas o indiscreciones de personas a quienes amaba. Luego de 20 años de matrimonio, mi primera esposa murió en mis brazos víctima de cáncer. He observado a decenas de amigos y personas amadas abandonar la Verdad de Dios. Han abundado, pues, los "motivos" para desanimarme.

Sin embargo, tengo una costumbre que siempre me ha ayudado a reponerme. Más aún, esa costumbre fue la que me ayudó a relacionarme con Dios en un principio. Esa "clave" vital es la costumbre de apartar con regularidad tiempo y energía para realmente buscar a Dios.

¿Cómo?

El rey David, monarca de la antigua Israel, pasó por centenares de pruebas y dificultades así como penas profundas, pero siempre pudo reponerse. Pese a sus flaquezas humanas, llegó a ser "un varón conforme al corazón de Dios" (Hechos 13:22). Las Sagradas Escrituras nos dan una idea de qué hacía David para relacionarse con Dios: "Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra" (Salmo 8:3–5).

David sacaba tiempo para meditar y pensar en lo que era realmente importante. Solía hacerlo al aire libre, en medio de la maravillosa creación de Dios, contemplando la luna y las estrellas. No tenía un radio ni un televisor zumbando en el fondo, ni un teléfono que sonaba ni otras distracciones cuando pasaba el tiempo buscando a Dios.

Cuando David tuvo que andar escondido y huyendo por Judea, perseguido por el rey Saúl que buscaba su vida, le clamó a Dios en voz alta: "Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca, cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la noche. Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré. Está mi alma apegada a ti; tu diestra me ha sostenido" (Salmo 63:1–8).

Este hermoso pasaje nos dice mucho sobre cómo abordaba David a Dios. En toda situación, lo "buscaba". Dios era el epicentro de la vida de David. Era Aquel a quien David adoraba y bendecía sinceramente y de quien se acordaba, en quien meditaba. Realmente, la vida de David ¡giraba en torno a Dios! Nosotros somos hechos a la imagen de Dios, y Él desea que nosotros, lo mismo que David, aprendamos a andar con Él, a hablar con Él y a relacionarnos con Él (1 Juan 1:3).

¡Pero recuerde! Para acercarse a nuestro Creador, es preciso que lo adoremos ¡del modo que Él manda! Jesucristo nos instruyó así: "Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Juan 4:24). Jesucristo también dijo: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. " (Juan 17:17).

Para adorar, pues, al Dios verdadero, al Dios que inspiró la Biblia, debemos estudiar la Biblia con empeño. Debemos "nutrirnos" saturando la mente y el corazón con la palabra de Dios, leyendo constantemente con la mente abierta, buscando sinceramente y meditando en la voluntad divina. Entonces aprenderemos cómo andar con Dios, cómo orarle y cómo tener una relación con Él. De lo contrario, terminaremos como los miles de millones de personas a la deriva en el mundo: sirviendo a Dios con la imaginación humana—del modo que no debe ser—quizá siguiendo alguna religión falsa o simplemente dejando que nuestra imaginación humana nos diga qué hacer. ¡Pero la Biblia nos advierte estrictamente que no hagamos eso! "Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte" (Proverbios 14:12; 16:25). revelada en las Sagradas Escrituras.

Lo que parece un modo de vida correcto ¡bien puede ser diametralmente opuesto a la voluntad de nuestro Creador! Por eso, tenemos que estar dispuestos a estudiar, a meditar y a "probarlo todo", ¡comparando todas nuestras ideas y filosofías con lo que Dios nos dice en las páginas inspiradas de la Biblia! Entonces sí podremos "abrirle el corazón" a Dios en oración ferviente y continua. Entonces podremos pedirle con fe absoluta que nos guíe en la vida, que nos dirija, que se valga de nosotros en su servicio; ¡y que nos lleve a su Reino eterno!

Tal deseo debe ser lo primero en nuestra mente y en nuestra vida, y ha de manifestarse en las acciones que tomamos. Jesús dijo: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33).

Muchos pasajes del Antiguo Testamento muestran cómo Dios realmente bendijo a hombres y mujeres que hacían el esfuerzo de "buscarlo". Notemos: "Vino el Espíritu de Dios sobre Azarías hijo de Obed, y salió al encuentro de Asa, y le dijo: Oídme, Asa y todo Judá y Benjamín: el Eterno estará con vosotros, si vosotros estuviereis con él; y si le buscareis, será hallado de vosotros; mas si le dejareis, él también os dejará" (2 Crónicas 15:1–2). ¿Cómo respondieron? "Entonces prometieron solemnemente que buscarían a el Eterno el Dios de sus padres, de todo su corazón y de toda su alma" (v. 12).

La Biblia describe cómo Uzías fue bendecido cuando anduvo con Dios. "Persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a el Eterno, él le prosperó " (2 Crónicas 26:5).

También en el siguiente pasaje, la palabra de Dios nos ayuda a ver cómo y por qué bendijo a aquellos reyes piadosos: "De esta manera hizo Ezequías en todo Judá; y ejecutó lo bueno, recto y verdadero delante del Eterno su Dios. En todo cuanto emprendió en el servicio de la casa de Dios, de acuerdo con la ley y los mandamientos, buscó a su Dios, lo hizo de todo corazón, y fue prosperado" (2 Crónicas 31:20–21).

La lección es que si realmente deseamos hacer la voluntad del Dios grande quien nos creó y nos da el aliento y la vida, entonces debemos "buscarlo" con celo y de todo corazón. ¿Cómo? Tenemos que apartar tiempo urgentemente para concentrarnos en la voluntad de Dios estudiando lo que Él ha revelado en la Biblia, después meditando atentamente en la voluntad divina tal como se revela en la Biblia, y luego orando con fervor a nuestro Padre en el cielo para que nos dé fortaleza y comprensión para conocer y aplicar su voluntad. Finalmente, debemos actuar según la voluntad divina, "andando" así con Dios, como lo hacían Abrahán, David, Jesús y todos aquellos que Él nos da como ejemplo en sus Escrituras inspiradas.

Entonces, sin duda, Dios nos escuchará y nos responderá, siempre y cuando nosotros respondamos a su voluntad, tal como lo ha hecho con otros que nos precedieron. Recuerde que, "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Hebreos 13:8).

Recordemos siempre lo que Dios le prometió a su pueblo cuando estaban cautivos en Babilonia: "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Eterno, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón" (Jeremías 29:11–13).

MÁS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN

Mostrar todos