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Estados Unidos ha alcanzado un hito inimaginable: “La deuda pública bruta de Estados Unidos superó los 40 billones de dólares… lo que significa que el déficit financiero del país se ha duplicado en menos de una década” (ABC News, 20 de agosto de 2026). Esta deuda tiene un gran potencial para repercutir negativamente tanto a las empresas como a los particulares, así como la posición fiscal del país en el mundo.
Sin duda, la deuda nacional de Estados Unidos “permite al gobierno federal financiar programas y servicios importantes para la ciudadanía estadounidense” (Treasury.gov). “El estímulo fiscal financiado con deuda se utiliza a menudo como herramienta política durante las recesiones económicas” (Mercatus.org, 7 de enero de 2026). Sin embargo, el pago de intereses de esa deuda, que asciende a un billón de dólares al año, es el tercer mayor gasto federal, solo superado por el del Seguro Social y Medicare (National Review, 21 de agosto de 2026). La diferencia radica en que, si bien el Seguro Social y Medicare brindan beneficios directos a los estadounidenses, una deuda que crece más rápido que la economía no es sostenible y resulta destructiva para las empresas y las familias (US Government Accounting Office).
En lo que respecta a la deuda, tanto de las naciones como de las personas, las Escrituras son claras: la deuda destruye la fortaleza y la independencia del que toma prestado (Proverbios 22:7) y representa una maldición para las naciones a las que Dios desea bendecir (Deuteronomio 28:43-44). La deuda es una fuente potencial de peligrosa inseguridad (Proverbios 22:26-27), y a menudo es el resultado de vivir por encima de las posibilidades, un peligro tanto para las naciones como para las personas (Hebreos 13:5). ¡No tenemos por qué seguir el ejemplo de nuestros gobiernos derrochadores! Si le interesa saber qué dice la Palabra de Dios sobre las finanzas personales, lean El pueblo de Dios y el diezmo.