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A lo largo de la historia, las mujeres a menudo han sido oprimidas e incluso maltratadas. Pero, ¿qué dice la Biblia sobre cómo deben tratar los hombres a las mujeres? ¿Qué enseña la Biblia acerca del papel tan especial de la mujer dentro de la familia y de la Iglesia? ¿Cuál es el propósito de la mujer dentro del plan de Dios?
Dios llamó a Sarai «Sara», que significa «princesa»; sin embargo, Sara llamaba a Abraham «señor», que significa «amo». Eva fue creada para ser la ayuda idónea de Adán (Génesis 2:18). A muchos de nosotros nos resulta más cómodo ver a las mujeres desempeñando esos papeles tradicionales. No obstante, las Escrituras también están llenas de mujeres importantes que fueron líderes sin comprometer por ello su papel como mujeres. La Biblia ofrece pautas poderosas, claras e inspiradoras para el papel de la mujer dentro de la familia y de la Iglesia.
El Dr. Meredith escribió hace años: «Para ser verdaderamente feliz, una mujer auténtica debe tener presente el propósito para el cual fue creada, y fijarse metas definidas que cumplir en la realización de dicho propósito» (*The Plain Truth*, «True Womanhood—Is it a ‘Lost Cause?’» [La verdadera feminidad: ¿es una «causa perdida»?], noviembre de 1965). Ya sea hombre o mujer, casado(a) o soltero(a), joven o anciano, el distintivo de un cristiano verdaderamente convertido consiste en alinear nuestra voluntad y nuestras metas con el propósito que Dios tiene para nosotros, reflejando así la mente de Cristo (Lucas 22:42). Comprender nuestro deber es comprender nuestro propósito dentro del gran plan de Dios.
Para comenzar a comprender la relación entre el hombre y la mujer y entre el hombre, la mujer y Dios, resulta útil remontarse al Jardín del Edén. En primer lugar, Dios creó a Adán del «polvo de la tierra» (Génesis 2:7). Luego, de «la costilla que el Señor Dios tomo del hombre», formó a Eva (Génesis 2:22). Observemos que tanto Adán como Eva fueron creados a imagen y semejanza de Dios. «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27).
Las Escrituras proclaman la promesa de Dios: «Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18). Sin embargo, para la mayoría de los cristianos profesantes de hoy en día, esta clara declaración parece demasiado grandiosa como para tomarla al pie de la letra. Miles de millones han sido engañados para aceptar la idea de que, al morir, irán al cielo por un tiempo como espíritus incorpóreos, antes de recibir un cuerpo, convirtiéndose en algo parecido a «ángeles», en la resurrección. La Iglesia de Dios, no obstante, comprende la verdad literal de este versículo, que tanto los hombres físicos como las mujeres físicas se convertirán en hijos espirituales de Dios; miembros plenos de la Familia de Dios.
La versión *Reina Valera 1960* describe a la primera mujer como una «ayuda idónea» para el hombre. Traducciones más modernas presentan a Eva como una «ayudante» (Génesis 2:18). Algunos asumen que ser una «ayudante» o una «ayuda idónea» es, necesariamente, un término inferior o incluso peyorativo. Pero, ¿qué es lo que realmente transmite el hebreo en este pasaje?
La palabra hebrea traducida como «ayudante» o «ayuda idónea» en Génesis 2:18 es *‘ezer*, y *‘ezer* se utiliza a menudo para describir a Dios ayudando a personas o naciones. En Deuteronomio 33:29, *‘ezer* representa al Eterno venciendo a los enemigos de Israel. Él es «el escudo de tu socorro y la espada de tu triunfo». Del mismo modo, *‘ezer* se emplea en el Salmo 70:5, donde se invoca a Dios para que actúe como un poderoso «libertador». ¡En estos pasajes, y en otros, la «ayuda» (*‘ezer*) es el Dios Eterno! El hecho es que el idioma hebreo, en Génesis 2:18, indica una diferencia de roles, pero no señala necesariamente inferioridad alguna bajo ningún concepto.
Para comenzar a comprender el papel de los hombres y las mujeres dentro de la familia y de la Iglesia, es importante entender que ambos fueron creados a imagen de Dios, que ambos poseen el mismo potencial y que ambos trabajan en pos de la misma recompensa.
Dios valora profundamente a sus siervas y espera que sean ayudantes dignas de confianza y consejeras sabias. Sin embargo, Él reprende a la mujer insensata, describiéndola como «alborotadora, «simple e ignorante», aun sin que ella misma se dé cuenta de ello (Proverbios 9:13, NTV). Eva constituye un ejemplo trágico de una mujer que cometió un error terrible de insensates. Fue «insensata» al entablar conversación con la serpiente en primer lugar, y fue doblemente necia al incitar luego a su esposo a hacer algo que ella sabía que era contrario a la voluntad de Dios. No obstante, Eva fue «engañada» (1 Timoteo 2:14). Adán no fue engañado; Adán fue culpable de dejarse desviar por su esposa. Adán pecó deliberadamente. Permitió que su esposa lo condujera hacia la rebelión contra Dios. En efecto, ¡la mujer necia puede destruir su propia casa y a su propia familia (Proverbios 14:1)!
Sin embargo, las mujeres también son capaces de obrar con gran sabiduría. De hecho, en las Escrituras, la «sabiduría» se presenta a menudo en forma femenina (Proverbios 1:20; 9:1). Y Dios ha delineado roles claros para la amada *ezer*. Por ejemplo, las mujeres tienen la tremenda responsabilidad de enseñar y formar a sus hijos, tanto varones como niñas, en las leyes de Dios (Deuteronomio 6:7; Proverbios 1:8; 6:20; 10:1; 31:26). Ya sean hombres o mujeres, todos nosotros debemos pedir sabiduría a Dios, y Él nos la concederá con generosidad (Santiago 1:5). Ciertamente, la buena esposa cristiana es una confidente de confianza y una consejera invaluable para su esposo (Genesis 2:18).
Existen numerosos ejemplos de mujeres estimadas que desempeñaron importantes funciones espirituales en el antiguo Israel. Miriam y Débora son ejemplos famosos que ocuparon cargos de liderazgo nacional (Éxodo 15:20–21; Jueces 4–5), y el liderazgo de Miriam bajo la guía de Moisés se registra como un don especial para Israel (Miqueas 6:4). Hulda, erudita y profetisa, ayudó a guiar a Israel hacia el arrepentimiento nacional (2 Reyes 22:8–20); asimismo, profetisas y mujeres sabias desempeñaron su labor a lo largo de la historia del antiguo Israel (1 Crónicas 25:5–6; Lucas 2:36–37).
Jael mató a Sísara, y Ester salvó a la nación judía de Amán. La esposa de Isaías era una «profetisa» (Isaías 8:3), y Felipe tenía cuatro hijas que profetizaban (Hechos 21:9). En los tiempos del Antiguo Testamento, las mujeres tomadas cautivas en la guerra gozaban de una estricta protección bajo la ley de Dios (Deuteronomio 21:10–14), y a las viudas se les brindaba una protección especial (Éxodo 22:22; Deuteronomio 14:29; 27:19). Las mujeres son especiales y amadas por Dios; de hecho, el Quinto Mandamiento instruye que tanto las madres como los padres deben ser honrados (Éxodo 20:12).
Pedro cita a Joel, prediciendo que en el tiempo del fin tanto hombres como mujeres profetizarán (Joel 2:28). Pablo consideraba a Priscila y a Aquila como «mis colaboradores en Cristo Jesús» (Romanos 16:3–4); rindió un honor especial a Trifena y a Trifosa, mujeres «las cuales trabajan en el Señor» (v. 12), y también elogió a las mujeres que «trabajaron con él» en el evangelio, según se menciona en Filipenses 4:2–3. Loida (la abuela materna de Timoteo) y Eunice (su madre) tenían una «fe genuina» (2 Timoteo 1:5). Priscila fue colaboradora junto con su esposo (Hechos 18:1–4; 2 Timoteo 4:19). Asimismo, consta en los registros que hubo mujeres que sirvieron como diaconisas en la Iglesia del Nuevo Testamento (Romanos 16:1, 15; 1 Timoteo 3:11).
María y Marta se contaban entre los amigos más cercanos de Jesús, y Pablo expresó que la salvación está igualmente al alcance de judíos y gentiles, de esclavos y libres, de hombres y mujeres (Gálatas 3:28). Las mujeres estuvieron presentes en el aposento alto cuando Matías fue elegido como apóstol (Hechos 1:13–14), y el Espíritu Santo descendió tanto sobre hombres como sobre mujeres el día de Pentecostés (Hechos 2:16–18). Sin embargo, las mujeres nunca debían ser ordenadas como ministras, ni deben ocupar cargos de autoridad espiritual o de enseñanza sobre los hombres (1 Corintios 14:34–35; 1 Timoteo 2:11–12). En el Antiguo Testamento, las mujeres no eran admitidas en el sacerdocio, y esta distinción se mantiene en el Nuevo Testamento.
Las mujeres han desempeñado roles diferentes desde el principio; no obstante, no fue sino hasta que los judíos dispersos entraron en contacto con la sociedad griega que las mujeres judías comenzaron a sufrir opresión dentro de su propia sociedad. Para los años inter testamentarios (es decir, después de que se escribiera el último libro del Antiguo Testamento, pero antes del Nuevo Testamento), la condición de la mujer en la comunidad judía había decaído hasta tal punto que, a menudo, no se les permitía estudiar las Escrituras y, por lo general, se las consideraba ciudadanas de segunda categoría. Sin embargo, la misoginia nunca fue la intención de Dios, ni tampoco se enseña en absoluto en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Es un hecho histórico que, cuando los antiguos israelitas seguían las instrucciones de Dios, manifestaban un respeto y una equidad hacia las mujeres muy superiores a los de cualquier otra cultura del mundo. Y este legado perdura hasta nuestros días. Incluso hoy en día, observamos que las naciones modernas descendientes del antiguo Israel tienden a tratar a las mujeres con mayor respeto y dignidad que las naciones gentiles.
Existen diferencias claras en los roles, así como hermosas diferencias en los atributos, entre hombres y mujeres, más allá de lo puramente físico. Por ejemplo, Pablo señala que Dios otorgó a las mujeres una cabellera larga como motivo de gloria (1 Corintios 11:15), y que el hecho de que una mujer lleve el cabello antinaturalmente corto resulta deshonroso tanto para ella como para Dios (vv. 4–6). No obstante, la verdadera feminidad cristiana trasciende las apariencias externas.
Las mujeres y hombres cristianos son coherederos con Cristo (Romanos 8:17; 1 Pedro 3:7) y, como tales, el papel de la mujer incluye seguir a Cristo en todos los aspectos (Juan 10:27). Los verdaderos hombres cristianos honran a las mujeres mayores como a madres y aprecian a las mujeres más jóvenes como a hermanas espirituales, «con toda pureza» (1 Timoteo 5:2). Los verdaderos cristianos, sean hombres o mujeres, están desarrollando la mente de Cristo (Filipenses 2:5) y buscan la voluntad de su Padre (Lucas 22:42). La mente de Cristo nunca es pecaminosa y no está limitada por el género
Las mujeres mayores de buena reputación que han desarrollado la mente de Cristo no solo deben ser respetadas, sino que se espera de ellas que sean espiritualmente lo suficientemente maduras como para enseñar y animar a las mujeres más jóvenes de la Iglesia «a amar a sus maridos, a amar a sus hijos, a ser prudentes, castas, hacendosas, bondadosas, sumisas a sus propios maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada» (Tito 2:3–5). La mujer cristiana desempeña muchos papeles, incluido el papel de vital importancia de ser esposa y madre, de criar hijos piadosos y de instruir a sus hijos en las leyes de Dios (Génesis 1:28; Proverbios 1:8; 6:20; 22:6; 23:22).
Ya sea hombre o mujer, rico o pobre, joven o anciano, un verdadero cristiano se muestra agradecido por quien es, por el papel que desempeña y por el destino al que ha sido llamado. Un verdadero cristiano no «codicia» otro rol ni otra realidad. Eva codició aquello que Dios le había dicho que no debía tener, y fue engañada. Adán, entonces, siguió voluntariamente a su esposa hacia el pecado. Sin embargo, un verdadero cristiano no codicia ninguna cosa, posición, rol o realidad más allá de lo que Dios ha hecho posible (2 Corintios 10:5). Es una cuestión de prioridades: «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33). Dios es un «Dios celoso». Él nos hizo. Él nos llamó. Él nos dio instrucciones para regir nuestra vida. Poner cualquier cosa por delante de Él constituye idolatría (Éxodo 20:5; 34:14).
Al igual que en los muchos ejemplos que encontramos en la Biblia, hoy en día muchas mujeres dentro de la Iglesia de Dios son sumamente capaces y participan en actividades que trascienden el ámbito del hogar y la familia. Si el tiempo, las obligaciones cristianas, las capacidades y la energía hacen posible tal servicio, entonces este puede resultar no solo aceptable, sino también beneficioso. Pero si no es así, entonces «codiciar» una cosa, una posición, un rol o una realidad que exceda lo que Dios ha ordenado para cualquiera de nosotros implica no buscar Su voluntad, sino buscar la nuestra propia (Lucas 22:42). Esto equivale a quebrantar Sus mandamientos (Deuteronomio 5:21; Romanos 13:9). No estar «contentos» con nuestros roles ni con nuestro Dios es manifestar concupiscencia y codicia, lo cual constituye pecado (Romanos 7:7; Hebreos 13:5).
La sociedad nos enseña continuamente a desear más cosas, a anhelar un estilo de vida suntuoso, a codiciar prestigio y diversión a costa de tergiversar y quebrantar las leyes de Dios. Tanto hombres como mujeres son, por igual, víctimas de esta influencia satánica propia de los últimos tiempos (2 Timoteo 3:2). En las últimas décadas, el constante enfoque de la sociedad en la riqueza material ha sido un factor clave que ha influido en muchas mujeres para que se sientan «liberadas» de su condición de amas de casa y acepten empleos en el mundo corporativo. Sin embargo, muy tristemente, a menudo, tras muchos años de perseguir «cosas», muchas mujeres han aprendido que en realidad no fueron «liberadas» en absoluto; sino que, por el contrario, se habían convertido en víctimas de la sociedad de Satanás, a costa de dejar de vivir en armonía con las instrucciones de Dios. Dios no tuvo la intención de que las mujeres fueran «liberadas» de su papel de ser madres amorosas, esposas atentas, cristianas celosas y siervas devotas de Cristo.
¡El valor de la mujer virtuosa es inmensurable! Ella es una bendición de Dios y su valor está «muy por encima de los rubíes» (Proverbios 18:22; 31:10). Una esposa piadosa es una mujer fuerte y capaz. Es sabia y es justa. Es invaluable para su esposo y para su familia (Proverbios 31:10). Su esposo confía en ella (Proverbios 31:11). Ella es una bendición especial del Señor (Proverbios 18:22).
Una esposa virtuosa es, ante todo, una cristiana. Ella está creciendo dentro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, hasta alcanzar la plenitud de Cristo (Efesios 4:13). Como tal, su enfoque se centra primero en su Señor Dios (Éxodo 20:3), luego en su esposo (Génesis 2:24; Mateo 19:5; Efesios 5:22; Colosenses 3:18) y, finalmente, en su familia (Proverbios 31:1; Efesios 6:2; 1 Tesalonicenses 2:7).
Si un cristiano está casado con un «incrédulo», el cónyuge incrédulo y los hijos son santificados por el cónyuge creyente (1 Corintios 7:14). Las esposas o los esposos cristianos que se encuentran en esta situación a veces enfrentan pruebas especialmente difíciles, y con frecuencia deben poner en práctica lo establecido en Hechos 5:29: «obedecer a Dios antes que a los hombres», si se les presiona para que violen los claros mandamientos de Dios. Estas situaciones pueden ser increíblemente difíciles. Esta es una de las razones por las que la Iglesia de Dios recuerda a quienes mantienen una relación de noviazgo que Dios nos ordena que no nos «unamos en yugo desigual con los incrédulos» (2 Corintios 6:14).
Algunos han sido llamados a la Iglesia de Dios antes que sus cónyuges. Otros están casados con parejas que se han apartado de la Verdad. En cualquiera de los dos casos, el cónyuge creyente debe amar y orar por el cónyuge incrédulo, mostrándose bondadoso y fiel. Dios recompensará a los cónyuges cristianos con fortaleza y sabiduría si son fieles (Lucas 11:13; Hebreos 4:16; 11:6). Él no permitirá que Sus amigos y Sus siervos sean probados más allá de lo que puedan soportar (Juan 15:15; 1 Corintios 10:13). Pero, si alguien no escucha deliberadamente las instrucciones de Dios en este asunto, las consecuencias suelen ser más dolorosas (Hebreos 10:16; 12:6).
1 Pedro 3:7 enseña que los hombres deben dar «honor» a sus esposas como al «vaso más frágil». Es cierto que, física y emocionalmente, las mujeres son en ciertos aspectos «más frágiles» que los hombres, y Dios exige que los hombres honren, amen y valoren a las mujeres por esta razón. Denigrar o deshonrar a las esposas, o a cualquier mujer, transgrede las Escrituras y resulta terriblemente indigno de cualquier hombre verdaderamente cristiano. Oprimir o abusar emocional o físicamente de las esposas, o de las mujeres en cualquier forma, es un acto cobarde y pecaminoso. Los esposos deben amar a sus esposas y entregarse por ellas, tal como Cristo se entregó por la Iglesia. Los esposos deben amar, proteger y proveer para sus esposas incluso mucho más de lo que aman o proveen para sus propios cuerpos (Efesios 5:28).
Los esposos cristianos son bondadosos, pacientes y gentiles con sus esposas, tal como Cristo lo es con la Iglesia (Efesios 5:25). Si no actúan así, Dios no escuchará ni respetará sus oraciones (1 Pedro 3:7). Un esposo verdadero cristiano nunca es cruel ni amargo con su esposa, sino que es bondadoso y gentil (Colosenses 3:19). Él es la «cabeza», pero lidera con amor (Efesios 5:23). Un verdadero esposo cristiano valora a su esposa tanto como se ama a sí mismo (Efesios 5:33). Si un hombre viola estos principios, deshonra a Dios.
Las madres tienen un papel poderoso y una responsabilidad vital en la enseñanza, la formación y la crianza de sus hijos, para desarrollar no solo futuros líderes, ¡sino también futuros reyes y sacerdotes para el mundo del mañana! La madre que cumple adecuadamente con este privilegio y responsabilidad ordenados por Dios no solo está desempeñando una de las funciones más importantes posibles, ¡sino que también está manifestando los mismos atributos necesarios para gobernar no solo una familia, sino también una ciudad o una nación en el venidero Reino de Dios! Trágicamente, en la sociedad actual, se le otorga tan poco valor a la familia que, para algunos, esta parece ser una obligación sin importancia. ¡Pero este es un modo de pensar totalmente erróneo! ¡Qué responsabilidad tan impresionante y qué privilegio tan extraordinario ha concedido Dios a «la ayuda idónea»!
Si bien es evidente que las mujeres poseen cualidades y fortalezas comparables a las de los hombres, y aunque hombres y mujeres comparten el mismo destino final, Dios ha ordenado que las esposas se sujeten a sus esposos «como conviene en el Señor» (Colosenses 3:18), y que «...la cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer es el varón» (1 Corintios 11:3). Las esposas deben «sujetarse a sus propios maridos como al Señor» (Efesios 5:22); sin embargo, los esposos deben comprender que nuestro Señor «tomó forma de siervo» (Juan 13:3–17; Filipenses 2:5–7) y se entregó a sí mismo por la Iglesia.
La obligación de un esposo es «imitar a Cristo» en todos los aspectos, incluyendo Su amor, paciencia, justicia y servicio a la Iglesia. Dentro del matrimonio, esta unidad estrechamente vinculada se halla «unida en amor» dentro del cuerpo, que es la Iglesia de Dios (Colosenses 2:2; 2:19). Juntos, el esposo cristiano y la esposa cristiana crecen hacia la madurez espiritual dentro de la Iglesia, bajo la dirección y el cuidado de Jesucristo y del ministerio (Efesios 4:11–16).
Dios ve a cada mujer cristiana como una princesa estimada y una ayudante amada y capaz. Los verdaderos cristianos comprenden el propósito para el cual fueron creados y se disponen a cumplir ese propósito. Los verdaderos cristianos aguardan con anhelo la resurrección de entre los muertos y el ser transformados en «hijos de Dios» al regreso de Cristo (Romanos 1:4; 1 Corintios 15:52; Apocalipsis 20:5). Los cristianos fieles de hoy, independientemente de su género, están «predestinados a ser conformados a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29). Por lo tanto, a la última trompeta (1 Tesalonicenses 4:16–17), ya sea hombre o mujer, un verdadero santo se convierte en *elohim*: ¡un miembro real de la Familia de Dios!
Como dejan claro Génesis 1:26, 2 Corintios 6:18 y otros pasajes, Dios está creando una familia espiritual: *elohim* en hebreo (Salmos 82:6) o *theos* en griego (Mateo 22:30; Juan 10:34). Cada santo resucitado será colocado dentro de esta Familia, bajo la autoridad del Padre y de Cristo. David será rey sobre todo Israel, los apóstoles serán reyes sobre las doce tribus, y los patriarcas y matriarcas recibirán también posiciones muy elevadas (Ezequiel 37:24; Lucas 22:30; Hebreos 11). Entonces, la Escritura revela que seremos hijos glorificados de Dios (1 Juan 3:2), y nuestra condición espiritual trascenderá con creces el género, la etnia o la nacionalidad.
No habrá *elohim* «masculinos» ni *elohim* «femeninos». Dios el Padre no es nuestro Padre/Madre, y no se atribuyen diferencias de género a sus hijos. Debemos resistir la tentación de proyectar ideas culturales humanas de «masculinidad» frente a «feminidad» en nuestra comprensión de los atributos de Dios. De hecho, Dios trasciende las categorizaciones físicas humanas de hombre o mujer. La condición de Dios como Padre no se ve cuestionada por Su declaración de que actuaría «como la gallina junta a sus pollitos bajo sus alas» (Mateo 23:37), ni por Su uso de una protagonista femenina en la parábola de la moneda perdida (Lucas 15:8–10). En última instancia, la mujer cristiana de hoy «será como Él» en toda Su gloria y majestad, atributos que trascienden con creces la nacionalidad, la etnia, la edad o el género (Gálatas 3:28).
El propósito de Dios para la verdadera mujer cristiana es el mismo que Su propósito para el verdadero hombre cristiano. En nuestra era actual, Él ha elegido a unos pocos individuos selectos —típicamente «lo débil» del mundo (1 Corintios 1:27)— para que lleguen a ser Sus primicias: la esposa de Cristo. Cristo es el Maestro y Señor, quien amó y se entregó a sí mismo por Su esposa (Efesios 5:25). ¡La recompensa para las mujeres (y los hombres) cristianos fieles de hoy llegará cuando la Iglesia de Dios se despose con Cristo, y cuando los cristianos de hoy se hayan cualificado para servir bajo Su autoridad como sacerdotes y reyes en el Reino de Dios!
Los santos resucitados, gobernando bajo Jesucristo, establecerán entonces la justicia, la paz y la felicidad en toda la tierra. No será un reinado del «hombre» ni de la «mujer»; será un reinado de miembros plenos de la Familia de Dios (Isaías 2:3; Jeremías 23:5; Apocalipsis 1:6). ¡Este es el deber y el destino de la mujer cristiana, y también del hombre cristiano!