Hace más de un decenio, un destacado político opinó: “Llamarse cristiano en el Reino Unido actual es provocar lástima, desprecio o frialdad. En una cultura que valora la sofisticación, el no juzgar, la ironía y el desapego; es declararse intolerante, ingenuo, supersticioso y retrógrado” (The Spectator, 4 de abril del 2015).