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Hace poco más de una semana, dos terremotos consecutivos sacudieron a Venezuela, cerca de Caracas, su capital. Según un análisis inicial de los datos satelitales, más de 58.000 edificios resultaron dañados o destruidos (The Guardian, 30 de junio de 2026). Al momento de escribir este artículo, se han reportado miles de muertes, decenas de miles de personas siguen desaparecidas y los expertos estiman que hasta 6,8 millones de personas podrían necesitar alimentos, agua, refugio, saneamiento y atención médica. La amenaza de las enfermedades infecciosas se cierne sobre la población, ya que carece de agua potable y de servicios de saneamiento, y cuyo riesgo de contraer enfermedades transmitidas por mosquitos es mayor al carecer de refugios adecuados. Los servicios médicos están saturados y carecen de personal suficiente, mientras los médicos y las enfermeras intentan hacer frente a la devastación. La falta de maquinaria ha dificultado las labores de remoción de los escombros.
“Se han registrado más de 500 réplicas sísmicas en la región después de los dos terremotos consecutivos” (BBC, 29 de junio de 2026), y cada réplica debilita los cimientos de edificios que ya se encuentran inestables. Se han desplegado “más de 25.000 rescatistas, policías y soldados”, pero muchos civiles que remueven los escombros con sus manos, buscando a sus seres queridos desaparecidos, sienten que el gobierno no está haciendo lo suficiente para ayudarles.
En las próximas semanas y meses se descubrirá mucho más sufrimiento y muertes, y los seguidores de Cristo deben orar por los venezolanos. Estos desastres tan devastadores plantean la pregunta: ¿Por qué Dios permite el sufrimiento? Si un Dios amoroso realmente está a cargo del universo, ¿por qué no impide que ocurran acontecimientos tan terribles? ¡Hay una respuesta! Para saber más, vean “Tres razones por las cuales los seres humanos sufrimos”.