La familia de hoy y del mañana - Al que cree todo le es posible

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Hace mucho tiempo, un hombre llevó a su hijo ante Jesús. El muchacho estaba poseído por un espíritu maligno que a menudo lo hacía caer, echar espuma por la boca, crujir los dientes y ponerse rígido. El padre explicó que su hijo había estado poseído desde la niñez, y que el demonio lo lanzaba al fuego o al agua. Desesperado, le rogó a Jesús que tuviera compasión, y echara fuera a ese demonio.

Quizá nos parezca imposible relacionarnos con esta escena, ya que usualmente no presenciamos casos de posesión demoniaca. Pero quienes somos padres o madres nos podemos identificar con esta persona en más aspectos de lo que parece.

Imaginemos el dolor de esta familia en una situación tan peligrosa y difícil. Los demás probablemente evitaban al niño. Imaginemos una vida sin amistades, en la cual ni siquiera los parientes quieren acercarse. Esta familia vivía en un estado de temor permanente, obligada a lidiar con las situaciones aterradoras que describe el padre. ¿Cuántos de nosotros nos hemos sentido atormentados de inquietud por nuestros hijos, cualquiera que sea la causa? Pocas cosas causan un dolor tan profundo en el corazón como el sufrimiento de un hijo.

No hay duda de que Jesús sintió ese dolor y, lleno de compasión, le dijo al hombre: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:23-24). El pasaje prosigue mostrando que Jesús respondió a la fe del hombre, ¡ordenándole al espíritu demoniaco que saliera para siempre! “Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó” (Marcos 9:26-27). ¡Esta conmovedora historia demuestra el poder de la fe y la potestad del Todopoderoso! Aquel espíritu no había cedido ante los discípulos de Jesús, pero nada pudo contra el Hijo de Dios lleno de fe. ¡No tuvo más alternativa que obedecer las órdenes de Jesús!

La intervención de Dios por nuestra familia requiere fe

Inevitablemente a todos nos llegan situaciones en las que reconocemos que somos insuficientes para manejar las penas que nos aquejan. Hay ocasiones en que clamamos a Dios implorando que nos rescate o que rescate a un ser querido. Estos casos pondrán a prueba nuestra fe. Antes de intervenir, Dios quiere saber si creemos. Cuando le pedimos un milagro, Él exige fe.

Santiago, el hermano de Jesús, escribió que si de verdad deseamos una repuesta, debemos pedir “con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Santiago 1:6-8). Dudar es hallarse con la mente dividida, a medio camino entre creer y no creer, e inclinada hacia esto último. Si tenemos la fe de Jesucristo, no habrá vacilación, dudas ni titubeos.

Quien duda es como una ola, como “la onda del mar, que es arrastrada por el viento”. Las olas son inestables. Están a merced del viento, que las lleva de un lado a otro. De modo análogo, quien acude a Dios con inseguridad en sus convicciones puede dejar arrastrar su pensamiento de un lado a otro. En un momento, la mente está llena de fe y esperanza, y al instante cae en la incertidumbre y la duda. La esperanza por una parte y la duda por otra, mantienen a la mente en desorden, inquieta y sin fe. Ser “de doble ánimo” es hallarse inestable, en indecisión.

Las Escrituras confirman la importancia de la fe en la vida cristiana: “Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan [diligentemente]” (Hebreos 11:6). En otras palabras, solamente podemos esperar el favor de Dios si depositamos nuestra confianza en Él. Dios mira el corazón, y si ve que no hay convicción de su existencia, ni verdadera confianza en Él, ni seguridad en sus promesas; no podemos ser de su agrado. ¿Por qué habría de conceder lo que le pedimos si lo hacemos en un estado mental así? Si dudamos entre creer y no creer, no debemos esperar el favor de Dios, ni prever la respuesta deseada a nuestras oraciones.

Dedicados a su voluntad, no a la nuestra

La fe es simplemente confianza y seguridad en Dios. Podemos confiar en que Él jamás incumple su palabra (Hebreos 6:18; 10:23). Fe es el convencimiento de que Dios puede cumplir lo que ha prometido (Romanos 4:21). Es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Fe es la firme convicción de que Dios hará lo que dijo que haría. Pero esa convicción debe arraigarse en algo más fundamental que nuestros deseos personales: debemos buscar la voluntad de Dios.

En 1 Juan 5:14-15 leemos: “Esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”. Dios revela su voluntad en su Palabra escrita y en esto se basa la fe real, dinámica y viviente. Si deseamos saber lo que Dios ha prometido y lo que no, es preciso “escudriñar las Escrituras” (Juan 5:39). Por ejemplo, la Biblia muestra que su voluntad es sanarnos, pero igualmente revela que si deseamos la sanidad, es preciso tener fe, ejercer paciencia y vivir en obediencia a las leyes divinas (Éxodo 15:26; 1 Juan 3:22).

Cuando oramos pidiendo sanidad, tenemos que creer y obedecer. Luego, como Dios no ha prometido cuándo sanará, debemos esperar con paciencia que intervenga. Vemos que la obediencia y la paciencia también son condiciones, además de la fe, para que Dios sane. Nuestro Creador sana instantáneamente, pero más a menudo exige que esperemos. En algunos casos opta por retrasar la sanidad hasta el momento de la resurrección. A nosotros nos corresponde ejercer paciencia, confiando en que Él actuará cuando sepa que es el mejor momento. Santiago dijo que la oración de fe levantará a los enfermos (Santiago 5:15), pero no dijo cuándo.

Nuestra fe no basta

Es importante comprender que nuestra fe es insuficiente para salvarnos, y que para esto es necesario tener la fe del Hijo de Dios; sumada a la nuestra que es humana y limitada. La fe es un don de Dios (Efesios 2:8), y nos llega por medio del estudio bíblico (Romanos 10:17) y la oración. Nosotros, como el padre del joven poseído, debemos pedir el poder para superar nuestras dudas y falta de fe. Conscientes de esta realidad, los apóstoles le pidieron a Jesús que les aumentara su fe (Lucas 17:5).

La incredulidad es lo contrario de la fe, ¡y es un callejón sin salida! “Los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).

Pidamos en oración que Dios nos aumente la fe. Cuando nuestra familia afronta dificultades, agradezcamos que Dios está probando y profundizando nuestra fe, a la vez que nos ayuda a desarrollar más paciencia. ¡Estos son dos aspectos de un carácter santo! En nuestras tribulaciones no hay nadie en quien podamos confiar más que en Dios. ¡Confiemos en Él! [MM]