Convierte la culpabilidad en crecimiento

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¿Qué es la culpabilidad y qué propósito cumple? ¿Por qué la sentimos? ¿Por qué lo permite un Dios de amor? ¿Habrá alguna clase de culpabilidad correcta y otra equivocada?

Cuando dejamos de cumplir una norma de conducta, es natural que nos sintamos culpables. Lamentablemente, en el mundo de hoy la culpabilidad es una gran carga que muchos llevan innecesariamente. Satanás ha engañado a todo el mundo (Apocalipsis 12:9) y ha llevado a la gente a decidir por sí misma qué código de conducta, o quizá ninguno, debe regir su vida. Como resultado, la gente se guía por normas erradas y adopta un sistema de valores falso. El razonamiento intelectual vano y la tradición virtualmente han reemplazado las normas divinas expuestas en las Escrituras, y por eso la culpabilidad que muchos sienten se basa, en parte, sobre un fundamento equivocado.

La verdad es que Satanás y la sociedad suelen valerse de los sentimientos de culpa para manipular a la gente. La culpabilidad es un fenómeno poderoso que nos afecta profundamente en nuestras emociones y acciones. Hay quienes procuran afligirnos para alcanzar sus propios fines egoístas. La intención es usar el engaño y la mentira para hacernos sentir culpables. No debe ser así. Si no hemos hecho nada malo a los ojos de Dios, no tenemos por qué sentirnos culpables. Por otra parte, nosotros mismos debemos esforzarnos para no usar la falsa culpabilidad y manipular a otros.

Acab, rey de Israel, quiso hacer a Elías culpable de los problemas de Israel, pero Elías no se dejó embaucar. Esta fue su respuesta: “Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos del Eterno, y siguiendo a los baales” (1 Reyes 18:18).

Los enemigos de Jesús, entre sacerdotes y fariseos, pretendieron atribuirle una culpa falsa cuando lo confrontaron y acusaron de transgredir el sábado. Jesús respondió señalando las leyes y enseñanzas de Dios al respecto (Mateo 12:1-13). La lección es clara: Si la culpa es falsa, ¡rechácela! No deje que le destruya con sentimientos de inferioridad e inutilidad. Vaya a la Palabra de Dios y al ejemplo de Jesucristo, donde encontrará el verdadero código de conducta.

La culpabilidad que es según Dios

Por otra parte, sí hay cierto tipo de culpabilidad que es según Dios, y que debemos sentir cuando transgredimos sus leyes. No hagamos de lado el aguijón de la conciencia cuando nos sentimos culpables de transgredir los mandamientos que Él ha definido claramente. Hay quienes mienten, roban y hacen trampa y se sienten justificados con ese proceder. Otros codician y arden de envidia y celos sin remordimiento alguno. Otros suspiran por lo que no tienen, cometen fornicación o adulterio y no sienten la menor culpa. Algunos quizá tienen la conciencia cauterizada (1 Timoteo 4:1-2).

La culpabilidad que es según Dios nos dice que algo está mal, hay algo que tiene que cambiar. Cuando sentimos ese tipo de culpa, debe movernos a arrepentirnos y buscar el perdón de Dios. El sentimiento de culpa actúa como una alarma que nos advierte y motiva a tomar medidas que produzcan resultados positivos.

El sacrificio de Jesucristo puede lavarnos de toda culpa por nuestros pecados cuando los confesamos delante de Él, y cambiamos nuestro modo de actuar. Por eso, el apóstol Juan escribió bajo inspiración que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

La culpabilidad debe producir arrepentimiento. Esa es su finalidad. Por eso el apóstol Pablo escribió en 2 Corintios 7:10: “La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte”. Arrepentirse no es solo lamentar lo que hemos hecho, sino esforzarnos por cambiar y vivir conforme a las normas de conducta establecidas por nuestro Creador. ¿Cuál es el resultado final de la tristeza según Dios que lleva al arrepentimiento?: “He aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto” (v. 11).

La culpabilidad bien entendida genera cambios positivos en nuestra vida. ¿Nos esforzamos con diligencia por no repetir un pecado? ¿Estamos adquiriendo el deseo ardiente de vencerlo? ¿Hacemos un gran esfuerzo por superarnos? ¿Sentimos justa indignación ante el pecado y estamos aprendiendo a aborrecerlo? ¿Estamos aprendiendo a temer la posibilidad de pecar de nuevo? ¿Estamos llenos de celo por llevar la vida que Dios ordena? Si es así, si estamos totalmente arrepentidos, Dios nos perdona (Jeremías 36:3).

Entonces seremos libres de culpa y veremos crecimiento espiritual en nosotros. Además, ¡las bendiciones serán grandes! “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Eterno no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Salmos 32:1-2).

¿Qué hacer con la cumpabilidad?

En la Biblia vemos ejemplos de personas como el rey David y los apóstoles Pedro y Pablo, que sintieron culpabilidad que los llevó al perdón y al crecimiento. Otros, como Judas Iscariote, se dejaron destruir por esta. Es claro que el sentimiento de culpa puede tener efectos positivos o negativos sobre nosotros. Las siguientes son tres medidas sencillas que podemos tomar para transformar la culpabilidad en crecimiento positivo.

Lo primero que debemos hacer es reconocer nuestra culpa. Dios requiere que confesemos nuestros pecados. Debemos comunicarle cuánto lamentamos haber transgredido sus leyes, que son santas y justas (Romanos 7:12). En cambio, escondernos ante nuestra culpabilidad, o pretender encubrir nuestros pecados, solo sirve para postergar el momento de afrontar sus consecuencias naturales. Números 32:23 le advierte a Israel: “Sabed que vuestro pecado os alcanzará”. En Lucas 12:2 Jesús reafirma esta realidad diciendo: “Nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse”. Mientras no estemos dispuestos a admitir nuestros pecados, y a reconocer nuestra culpabilidad, no podremos seguir adelante e impedimos las bendiciones que vienen con la obediencia y la relación correcta con Dios. Como bien lo dice Proverbios 28:13: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Aceptar la culpa no es fácil. Exige humildad y valor para afrontar experiencias penosas, pero es absolutamente necesario.

Sin embargo, reconocer nuestro error no basta. Tenemos que actuar. Es necesario un cambio. Debemos arrepentirnos sinceramente y esforzaros por eliminar ese pecado. En el Evangelio de Juan, leemos sobre una mujer sorprendida en adulterio. Tomemos nota de las palabras que Jesús le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:10-11). Jesús dejó en claro que si bien había perdonado su pecado, ella no podría volver a sus caminos del mal. Hacerlo sería abusar del perdón inmerecido de Dios. Cuando buscamos el perdón tenemos que hacer un verdadero esfuerzo por dejar de pecar.

Como seres humanos tendremos tropiezos en el proceso de vencer el pecado (Romanos 7:14-25). Si retrocedemos volviendo a pecar después de un arrepentimiento genuino, tendremos que repetir estos pasos: Debemos pedirle a Dios que nos perdone y nos conceda la fuerza necesaria para vencer. Debemos hacer esfuerzos por crecer espiritualmente de forma continua. Recuerde que el carácter se va desarrollando a lo largo de toda una vida.

Finalmente, debemos comprender que una vez que admitimos nuestro pecado y nos arrepentimos, ¡Dios nos da su perdón! Cuando esto ocurra, es importante que sigamos adelante, que dejemos atrás la culpa. Conscientes de la gravedad de nuestro pecado, aprendemos la lección que nos enseña el sentimiento de culpa y pasamos adelante. Si seguimos estos tres pasos básicos, ¡podemos convertir la culpabilidad en crecimiento positivo!